Estambul: una ciudad, dos continentes y mucho para ver

Lights of Istambul

Lights of Istambul.

Estambul me pareció una ciudad especial. Una ciudad, con mucha cultura, de las más importantes del mundo; como la bizantina (cristiana) y la otomana (musulmán), lo que influenció mucho la arquitectura, la comida y a su gente.

Caminando por las calles de Estambul, no es tan usual ver mujeres con chilabas, tapadas hasta la cabeza. La población de Estambul, al igual a la de todo Turquía, es musulmana, pero a pesar de ser la ciudad de las mezquitas (de la época como capital del imperio Otomano), la gente no es muy ortodoxa, existe una razón; la revolución turca a manos de Ataturk, para resumirlo y no hacérselas tan pesada, Ataturk y el pueblo turco, se revelo ante el imperio Otomano. Con esta revolución, se formo la actual Turquía, abandono parte de la cultura árabe, como su alfabeto y algunas restricciones sociales, aunque mantuvo la religión musulmana.

Dejando de lado la historia (que escribiendo sobre Estambul, podría estar horas), seguimos con la experiencia…

Estambul es una ciudad grande, por lo que necesitaremos varios días para recorrerla. Principalmente se divide en dos, la parte europea; en donde se encuentran muchas de las principales atracciones turísticas, como: la mezquita azul, la “catedral-mezquita y museo” Santa Sofia (con una historia más que interesante, por descubrir), el gran bazar, palacio Topkapi, puente Galata, torre Galata, plaza Taksim  y el curioso barrio de Sultanahmet, un barrio con características de Europa del este. Y la parte asiática, más moderna y residencial, no tan turística.

Mezquita azul, la más grande de Estambul.

Mezquita azul, la más grande de Estambul.

Entrada al palacio Topkapi.

Entrada al palacio Topkapi.

Torre Galata, desde abajo.

Torre Galata, desde abajo.

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Hay muchas atracciones y museos para visitar en Estambul, pero lo que más me gusto fue caminarla… Creo que fue una de las ciudades que más camine en todo el viaje. Ya perdí la cuenta de cuantas veces pasé por entre medio de la mezquita Azul y la de Santa Sofia o cuantas veces cruce el puente Galata, de noche o de día, lo que puedo asegurar es que no me cansé de hacerlo. Es una ciudad con tanto para apreciar y tan diferente a cada cuadra, que podría estar cominándola toodo el día. Desde las calles con estilo europeo y medio “gitano” del barrio Sultanahmet:

Recorriendo el barrio de Sultanahmet.

Recorriendo el barrio de Sultanahmet.

La bandera de Turquía flameando en Sultanahmet.

La bandera de Turquía flameando en Sultanahmet.

Barrio de Sultanahmet.

Barrio de Sultanahmet. Casas de estilo medio gitano o de Europa del este.

Caminando por ahí...

Caminando por ahí…

Pasear por los mercados del gran bazar y los alrededores. Debo decir que siempre me encantaron los mercados, me parecen muy fotogenicos y con tantas cosas para ver y comer. Y en este sentido Estambul, mantuvo esto de los grandes mercados de la cultura árabe, además a esto se le suma la historia como una ciudad comerciante y con productos de Asia, Europa y el norte de África. Podríamos decir que además de ser la ciudad de las mezquitas, también podría ser llamada como la ciudad de los mercados. Cómo olvidarse también de las “turkish delights”, cada puesto de estos dulces te convidaba alguno para que vayas probando, cual era tu preferido. Los turcos son muy atentos a la hora de vender y ojo, que aquí también se practica el arte del regateo! (Los puestos callejeros de comida típica turca también abunda y a un precio muy razonable, creo que por eso me gusto tanto esta ciudad, lugares increíbles por los cuales ir paseando y relojeando los puestos callejeros, acompañado de un kebab o alguna otra comida típica exquisita, con un buen clima y rodeado por calles y edificios que transpiran miles de años de historia, que más puedo pedir…)

"Turkish delights"

“Turkish delights”

Dulces turcos

Dulces turcos.

O cruzar cuantas veces quieras el puente Galata, con las barandas repletas de pescadores, cañas y tansas. El ruido de las gaviotas intentando robar algún que otro pescado y los pequeños barcos encallados a las orillas del puente, que luego de la pesca en el Bosforo, funcionan también como puestos flotantes en donde se puede comer un rico y fresco pescado (concejo de un turco fanático del galastaray y del pescado, que conocí en la plaza Taksim). Para sumarle encanto a mi parecer sobre Estambul, tengo una debilidad por las ciudades “portuarias” o cercanas al mar, el sonido de las gaviotas, los barcos pesqueros, los mercados llenos de pescados frescos y esas cosas que me recuerdan a mi niñez en Chubut (una ciudad argentina, en la región de la patagonia, al sur del país). Falta mucho, pero creo ver en mi retiro el mar de fondo…

Pescadores en el puente Galata, en el fondo alguna de las tantas mezquitas.

Pescadores en el puente Galata, en el fondo alguna de las tantas mezquitas.

Barrio de Sultanahmet desde el puente Galata.

Barrio de Sultanahmet desde el puente Galata.

Peleando con los borcegos, un día de calor...

Peleando con los borcegos, en un día de calor…

Una curiosa visitante, que también quería apreciar la vista. (Desde la cima de la torre Galata)

Una curiosa visitante, que también quería apreciar la vista. (Desde la cima de la torre Galata). Las gaviotas y sus sonidos, una relación más que directa con el mar.

Luminosos puestos de pescados y mariscos, cerca del puente Galata.

Luminosos puestos flotantes de pescados y mariscos, cerca del puente Galata. Un espectáculo luminoso que se puede apreciar desde el Puente Galata. Se juntan dos cosas que me gusta fotografiar, la luz y la reflexión de esta en el agua.

Una noche brillante en Estambul

Una noche brillante en Estambul

Pero sin dudas, una de las cosas que más me impacto mientras iba caminando por ahí, fue cruzar por la plaza, que se encuentra entre las dos mezquitas más grandes de la ciudad (La Azul y la de Santa Sofia), mientras comenzaba el rezo. La oración, era potenciada por lo alto parlantes ubicados en los minaretes de ambas mezquitas y el hecho de que este en árabe perdía el significado para mi, pero la convertía en una especie de música para mis oídos. Entre medio de esas dos imponentes mezquitas y con el sonido de la oración envolviendo el ambiente, me sentí extrañamente lleno, no sé si era por la potencia del volumen de la oración que invadía mi cerebro o el hecho de estar en un lugar tan imponente. Era como estar en el medio de una opera, en un imponente teatro abierto…

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